Un par de gaviotas sobrevuelan la playa en un cielo gris de finales de septiembre. Las olas mueren en la arena, bañando mis pies, dejando en mi piel sabor a sal. Nada volverá a ser lo mismo, ni yo ni los míos. La vida me había llevado hasta una carretera que se bifurcaba: cielo e infierno; vida y muerte; calor y frío; Roberto y mi padre. Y a un secreto: el de mi madre.

El mar siempre ha sido mi aliado, y andar por la orilla me proporciona una paz inigualable e inexplicable. Se ha cerrado un pasado a mis espaldas, y se abre un futuro ante mí. Llegó la hora de reordenar el mobiliario de mi cabeza: desterrar viejos hábitos y recuerdos para dejar paso a los grandes cambios que se están produciendo en mi vida y a mi alrededor.

Me recojo el vestido; otra vez se ha mojado. Me pasa a menudo. No es muy largo, apenas me llega a las rodillas; pero en días como hoy el mar se embravece a estas horas, cuando declina el sol, y si no tienes cuidado en apartarte, acabas empapado de agua. Y para mí esa sensación es agradable, muy agradable. Casi todos los vestidos que tengo, salvo los de noche, me los pongo para pasear por la playa. Resultan muy femeninos, y el cuadro aparece muy romántico bajo este cielo de matices rosados. Todos los vestidos son de gasa, hilo o viscosa, y los colores son blanco, azul, o negro.

Desde la playa veo los dos montes; a la izquierda: el monte Igeldo; a la derecha: el monte Urgull. Siempre me ha gustado esa figura paisajística donde los dos montes delimitan y casi protegen las playas. Y cuando uno cree que ahí, en el monte Urgull, acaba todo... Oh, ¡sorpresa! ¡Otra playa! Sí, la playa de Gros.

Sobre los riscos se eleva, construida en mármol y granito, nuestra casa. Para aquél que nunca haya estado en San Sebastián, señalaré que nosotros vivimos en el Paseo del Faro, en las faldas del monte Igeldo.

Si uno se asoma a cualquiera de nuestras terrazas y miradores puede ver, abajo, la playa de Ondarreta: recogida e íntima, apenas mayor que una cala. Mirando más hacia el este, ve el Paseo de La Concha, la playa y la bahía. Puedo enorgullecerme de ser hija de La Perla del Cantábrico, tal y como es reconocida con merecida justicia esta ciudad mía.

Desde mi habitación, más allá de la playa, se divisa la isla de Santa Clara. Apenas parece de juguete en ese mar profundo y frío.

Si alguien compra algún día nuestra casa, pagará por las vistas. No hay otras iguales en toda la ciudad.

De todo lo que me ha rodeado siempre, lo que más he querido y admirado ha sido la biblioteca de mamá. Cientos de libros, algunos escritos de su puño y letra; últimas novedades editoriales como Pequeñas infamias y Nosotras que no somos como las demás se mezclan con los clásicos como Don Quijote, El Lazarillo de Tormes, Los Episodios Nacionales... O Marinero en Tierra y Poeta en Nueva York; y con novelas que estuvieron de moda hace dos o tres décadas... El factor humano, Últimas tardes con Teresa, o Réquiem por un campesino español. Allí me he sentado infinidad de veces, en los sillones de cuero verde. Y me he quedado dormida más de una noche con el libro abierto sobre mi pecho. Ese es —y será— mi rincón, mi pequeño refugio casi secreto. Pero no el único.

Quizá debería hablar de los jardines japoneses y del huerto murciano, o de los rosales y malvarrosas que amorosamente cuida el señor Izagirre, nuestro simpático y diligente jardinero. O quizá de la piscina: un estanque natural donde en otro tiempo nadaron pececillos de colorines, y ahora nadamos nosotros.

Pero hablaré de mí y contaré mi historia...

 

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